viernes, 25 de diciembre de 2015

DESCARTES, Conservación (Programa del 21/12/2015)

Según la real academia española (institución conservadora, si las hay), CONSERVAR tiene que ver con mantener algo o cuidar de su permanencia o bien mantener las propiedades de una entidad dada.
Si hacemos el trabajo de repetirnos
“hay que conservar”
“hay que conservar”
“hay que conservar”
con los ojos cerrados podremos imaginarnos osos pandas, koalas y sus conservacionistas, embarrados, en la selva.
El mandato de la conservación hoy en día tiene que ver con los problemas ambientales y este desesperado y loable intento (vale bien decir: sólo para algunos desesperados), de mantener un mundo con pinguinos y zorros. Pero, ¿por qué conservar ecosistemas, especies, zorros? Hay varias respuestas pero en principio podemos señalar dos. Para la primera, citando a un probervio indígena: la tierra no la heredamos de nuestros ancestros, se la pedimos prestada a nuestros hijos. Independientemente de tener o no hijos, la cuestión ética (es decir, del valor, de lo que nos importa hacer con nuestra libertad) es trans-generacional. Lo que cuidamos no lo cuidamos por nosotros, lo cuidamos por los otros, por los que vienen. Esa es una respuesta a porqué conservar al koala o al condor (que en culturas andinas tiene otro tipo de simbolismo y significado profundo). Este cuidado de lo otro quizás se relacione con la conservación en el arte: tengamos una mona lisa impoluta para que los que vienen puedan “disfrutarla” (pagando la entrada, viajando a parís y todo eso, claro).
La segunda respuesta se aleja del humano como centro: es el zorro el que tiene valor, y el bosque también. Por eso debemos cuidarlos. Esta idea, la del valor intrínseco -si no estuviésemos tan perturbados por la relación moral vs. legal- es simple de ver entre humanos: un argumento para no dañar o asesinar a alguien es que ese alguien vale, merece cuidado de por sí.

Lejos de las ballenas, los zorros y los bosques hay otro tipo de conservas: la que se hacen de berenjenas, pepinos o vizcachas. La vizcacha es un mamífero americano que construye vizcacheras y se parece a un mapache (o al menos eso pienso. Ver imágen). Aquí se cuida el recurso berenjena o vizcacha y el esfuerzo por haberlos trozado y puesto en vinagre. Ciertamente las conservas no son algo que conservan a las vizcachas de la misma forma que se conserva a un panda en el bosque.

Volvamos a la ciudad: ¿que conservamos? Miremos los carteles: la piel sin arrugas, las axilas “sexys”, las piernas sin várices, la depilación sin marcas. Vivimos en una cultura anti age, es decir: anti edad, anti vejez. Cuando “conservamos” la juventud del cutis negamos nuestros años (basta ver a graciela borges para negar la vinculación de mujer-abuela... o a Moria). La pregunta es qué se cuida con las cremas, los botox y las operaciones. La respuesta parece ser una: LA IMAGEN.
La imagen es aquello que los otros ven y los otros quieren ver lo que pide el mercado. Con la crema antiestrías cuidamos el mercado.

Nos queda una asepción: conservar la tradición. En algunas culturas uno de los legados tiene que ver justamente con la responsabilidad de mantener ese legado. Es allí donde aparece el cuidado de los ancianos y el valor de la vejez como algo en sí (¿y son esos los conservadores o estamos hablando de otra cosa?). Pero... ¡nosotros vivimos en el anti age! ¡Somos la cultura que niega la edad! (y solo así podemos declarar nuestro período histórico de la Modernidad como adjetivo de lo novedoso... Ningún medieval diría “¡ay! Que molino medieval” de la misma forma que nosotros decimos “¡qué reloj moderno! Tiene luces LED”). Vivimos en la cultura de la tecnología como sinónimo de progreso. El progreso rechaza lo viejo, como hoy rechazamos el celular que no sea touch, la tele que no sea plana, o la no tele. Lo que importa es lo nuevo, lo que cambia (más gigas! Más gigas!). Y acá la paradoja: en el antiage negamos el cambio de una cultura que profesa el cambio.

Pero nos faltan apéndices: estamos rodeados de conservadores. Hay cosas que no se ponen en juego: el matrimonio es de a dos, la propiedad es privada, el tiempo es dinero. La pregunta es: si es que todo cambia constantemente, ¿por qué hay cosas que se mantienen invariables?

Ya vienen los franceses muertos, Foucault nos dice: lo que no cambia es aquello que está sometido a relaciones de poder. Como las vizcachas a su frasco, como las tetas ingrávidas al tinellismo, como el trabajo a su patrón.
Si conservar es cuidar algo, entonces la pregunta es qué estamos conservando y qué es aquello que queremos cuidar.

¿Qué te importa cuidar?